En una Gran Bretaña retrofuturista gobernada por una burocracia opresiva, un empleado público se atreve a soñar con la libertad mientras una pequeña mosca genera una mancha en un formulario y desata un problema gigantesco que termina fagocitando al protagonista. Este tercer largometraje de Gilliam, después de Jabberwocky y Los aventureros del tiempo, fue de lo más original —visualmente— de aquellos mediados de los años ochenta. Fue, además, la película que nos dio a conocer a Jonathan Pryce y un ejercicio de fantasía y humor negro, al mismo tiempo desolador. Hoy, por varios motivos, no sería correcto filmar algo así.
Entrada sin cargo para argentinos y residentes. Reservas en Entradas BA. Sujeto a capacidad de sala. Solo apta para mayores de 13 años.
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